25.1.13
10.1.13
BLACK GHOST (y 3)
FIN
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2.1.13
BLACK GHOST (2)
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17.12.12
BLACK GHOST
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12.12.12
GOLOSINAS
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11.11.11
ICEBERG
Los demás cambian de idea una y otra vez. Qué desean, en qué piensan y cómo ven las cosas, eso sí que es un desafío mental, ese sí que es un juego mucho más interesante que cualquier crucigrama o sudoku. Cuando crees saberlo de verdad ya ha pasado la vez y ya no te toca a ti mover ficha y le toca al otro. Y el otro ha cambiado de idea. Los demás siempre acaban por sorprendernos, aunque no nos sorprenden nunca, y esa es la bonita paradoja del juego. Porque no conocemos nada de ellos, ni su presente ni su pasado, sólo podemos intuirlo. Nos lo han contado, sí, y nos lo hemos creído, y ese precisamente es el problema. No sabemos ni sabremos nunca de dónde vienen, cómo son, porque en todas las casas hay un mundo de infelicidad y todas las infelicidades son distintas, etcétera, etcétera, y resultaría insoportable que todos nos fuésemos contando las infelicidades unos a otros.
Lo que no cuentan es un mundo de tan enormes dimensiones que lo que cuentan, a su lado, es como la parte del iceberg que vemos, una parte diminuta, insignificante. Lo que permanece oculto no son sólo los sentimientos o ideas personales, sino también la información básica para comprender a los demás. Y es que los demás no sólo mienten en lo que dicen, sino que se callan cosas tan importantes que todo el rompecabezas que montamos basado en datos que creemos reales no es más que pura fantasía sostenida sobre la nada.
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10.10.10
FRAGMENTOS DE UN CUBO BLANCO

A medida que el modernismo envejece, el contexto se convierte en el contenido.
Los sistemas, al ser más fáciles de entender que el arte, dominan la historia académica […] El progreso se puede definir como aquello que ocurre cuando se elimina la oposición.
Ahora el espacio no es sólo allí donde ocurren cosas; las cosas hacen que ocurra el espacio.
Igual que los “sistemas” fueron una obsesión del siglo XIX, la “percepción” lo fue del XX. Media entre los objetos y la idea y los incluye a ambos.
En su aspecto más serio, la relación artista/público se puede ver como la prueba del orden social mediante proposiciones radicales y como absorción de esas proposiciones por el sistema de apoyo (galerías, museos, coleccionistas, incluso revistas y críticos) evolucionados para intercambiar éxito por anestesia social.
Un gesto es antiformal (en contra de la aceptación de que el arte reside dentro de su categoría) y puede estar enfrentado a la suave teleología del resto del trabajo de su perpetrador. Un artista no puede hacer una carrera sólo de gestos, a menos que, como On Karawa, su gesto repetido sea su carrera.
La escena artística en cualquier gran centro es siempre una necrópolis de estilos y artistas, un columbario visitado y estudiado por críticos, historiadores y coleccionistas.
Fragmentos de Inside the White Cube, de Brian O'Doherty. (La traducción es mía).
White Cube; 1998; Instalación en la galería Orchard, Derry, Irlanda del Norte. Patrick Ireland (Brian O'Doherty)
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11.5.10
LOS OTROS
Había que callárselo todo. Mil veces a mi alrededor la gente se preguntaba cosas, cómo se llamaba esto o lo otro, dónde estaba tal o cual sitio, quién era un personaje determinado, cómo se hacía algo, y la mayoría de las veces yo sabía la respuesta pero me callaba. Jamás se me habría ocurrido decirla, porque comprendía que lo normal era no saberla, lo normal era ser ignorante y preguntarse cosas, y no ser un empollón y saberlas. Lo normal era pertenecer al grupo de “los otros”, la gente interesante, los malos, los traviesos, los divertidos, el pelotón de los torpes. El empollón era un ser sospechoso y repipi del que había que apartarse y al que se hacía el vacío, un apestado, un chivato, uno que se había pasado al enemigo (los profes), o era un llorica, o un pelota, o un cobarde, o directamente un bicho raro.
Y desde luego en clase había cobardes, y repipis, y pelotas, y chivatos, y bichos raros... Pero el grupo de los que eran despectivamente calificados como “empollones” incluía a muchos injustamente marginados: niños tímidos, niños y niñas a los que les gustaba de verdad aprender y se les daba bien todo, niños y niñas reservados o poco sociables, niños más débiles físicamente o sensibles o con capacidades artísticas, niños que amaban la lectura y se expresaban con una corrección que los demás no encontraban normal, niños solitarios, niños tristes.
En la barahúnda del recreo con su griterío futbolero y los chismes de las marisabidillas, esos niños se quedaban siempre a un lado, sin decir nada, escuchando a los demás y sufriendo al ver que “los otros” aprovechaban cualquier excusa para llamarles empollones, reírse de ellos y martirizarles.
Algunos se acostumbraban tanto a callar y reprimir sus instintos que ya nunca más abrían la boca y se convertían en seres grises y anulados. La jauría, el pelotón de los torpes, los que luego de adultos reivindican con orgullo sus días escolares (“yo no era un empollón”, “odiaba a los pelotas”) fueron disgregándose e integrándose mansamente en el rebaño de los consumidores que pagan su hipoteca y malcrían a sus hijos, y no recuerdan haber maltratado nunca a nadie. Así son las cosas.
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30.4.10
ESCENA MUDA
Hacía sol, y sin embargo de repente empezaron a caer unos goterones grandes y sueltos, que luego fueron arreciando hasta convertirse en un fuerte chaparrón. Pero seguía haciendo sol. Los ciclistas llevaban el pelo mojado, los peatones cruzaban a la carrera, había algo de travesura en sus gestos.
El autobús subía lentamente por el paseo soleado, parándose en cada semáforo. Los árboles tenían un color muy tierno, un verde primaveral, refrescado por la lluvia. Y entre las ramas se colaban los rayos de sol en un juego encantador de luces y brillos.
Las dos mamás jóvenes estaban con sus paraguas en los jardines del centro del paseo, una con una niñita en brazos, otra con un niño en un cochecito. Se habían parado a mirar el espectáculo y los niños palmoteaban, felices. Las mamás se balanceaban al unísono, siguiendo el mismo ritmo, y cantaban. No hacía falta oírlas para saber lo que cantaban: “Plou i fa sol, les bruixes es pentinen...”
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3.4.10
SÁBADO SANTO

Estábamos tomando algo sentados en la mesa de un bar. De la calle llegaron de pronto gritos y bocinazos insistentes de los coches. “¿Qué ha pasado?”, preguntamos, sin saber muy bien a quién. El hombre que estaba detrás del mostrador se agachó y sacó un trozo de tela grande, muy doblado, que desplegó con un gesto amplio de los brazos. La tela era roja, toda roja. “Que lo han legalizado”, dijo, con la voz llena de emoción. Saltaban, se abrazaban.
Roberth Motherwell:Elegy to the Spanish Republic 126,1965-1975
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