HOGUERAS
Entonces, entre los ruidos perturbadores de la noche, lo que oí
ciñó mi piel con una oscuridad antigua.
Yo me encontraba en un poblado cuyas hogueras parpadeaban en mi cabeza
con lenguas de un habla que ya no comprendía,
pero donde mi carne no tenía que ser traducida;
entonces volvía a oír el dialecto y mis oídos se destapaban.
La bahía estaba oscura a la luz de las estrellas. El hedor de la playa
bordeado por un ruido blanco. La luz del faro
giraba por encima de los árboles y saltaba lo que no podía alcanzar.
Las frondas azotaban los bungalows iluminados,
y una ola enorme se curvó con un sonido como la tela desgarrada
rasgada por la costura, un sonido que hacía mamá al coser
cuando, enfadada, deshacía las puntadas con la boca.
Al cerrar la puerta oí el ruido del oleaje retrocediendo
lejos hacia el mar, desde todas las ventanas, una por una.
Y sin embargo en las habitaciones había un movimiento neblinoso
encima de la sábana tensa todavía fragante de la plancha
y vi, ampliada por la lámpara, una mariposilla temblorosa.
Clyfford Still, Sin título, 1964.




