Algunos personajes se nos quedan pegados a las retinas después de haber visto una película. Algunas películas se nos quedan adheridas a la piel y nos dejan un poco sonámbulos a ratos, no con la misma intensidad que cuando éramos niños y “vivíamos” en el interior de las películas durante días, ya no, eso ya no podrá ser nunca más, pero al menos, a ratos, una leve ensoñación se apodera de nosotros al recordar una escena y nos quedamos suspendidos en un espacio que no es ni fantasía ni realidad, y se nos escapa un suspiro...
Eso me ha sucedido con “Promesas del este”, de David Cronenberg, una película dura y extraña que habla de violencia (y yo odio la violencia) y de la mafia rusa (y yo detesto las mafias y todos los temas relacionados con ellas), que transcurre en Londres (una ciudad que no despierta precisamente mis simpatías) pero ah, eso sí, con unos actores tan buenos, unos personajes tan de verdad, una historia contada de una manera tan magistral, muy fría, pero también muy lúcida... Como en “Una historia de violencia”, Cronenberg disecciona la violencia, llega hasta su corazón, nos la muestra con precisión hiperrealista, y sin embargo, al mismo tiempo, cuando el dolor parece tan inevitable y tan insoportable como siempre, deja un pequeño resquicio para la redención y para la esperanza.